Las mil y una noches
Las mil y una noches En efecto, cumplidos los tres días, llegó un ujier a casa del desgraciado ministro y le intimó que le siguiera. Obedeció éste y el Califa le preguntó dónde estaba el asesino.
—Comendador de los creyentes —le respondió Giafar todo lloroso—, nadie ha podido darme la menor noticia.
El Califa le reconvino con mucho enojo y mandó que le ahorcaran delante de la puerta del palacio, y con él a cuarenta de los Barmecidas.
Mientras estaban levantando las horcas y prendían en sus casas a los cuarenta Barmecidas, un pregonero recorrió por orden del Califa todos los barrios de la ciudad gritando:
—El que quiera tener el gusto de ver ahorcar al gran visir Giafar y cuarenta Barmecidas sus parientes, acuda a la plaza que está delante del palacio.