Las mil y una noches
Las mil y una noches Cuando estuvo ya todo dispuesto, el juez de lo criminal y gran número de guardias del palacio trajeron al gran Visir con los cuarenta Barmecidas, los colocaron cada uno al pie de la horca que les estaba destinada, y les pasaron alrededor del cuello el dogal correspondiente. El pueblo, que se agolpaba en la plaza, no pudo presenciar tan lastimoso espectáculo sin amargura y sin derramar lágrimas; porque el gran visir Giafar y los Barmecidas eran bien quistos por su honradez, generosidad y desinterés, no sólo en Bagdad, sino también en todo el imperio, del Califa.
Nada podía estorbar la ejecución de la orden de aquel Príncipe adusto en demasía, e iban a quitar la vida a los hombres más honrados de la ciudad, cuando un joven, de agradable aspecto y bien vestido, atravesó la muchedumbre, se llegó al Visir, y, después de haberle besado la mano:
—Soberano Visir —le dijo—, Comendador de los emires de esta corte, refugio de los pobres, no sois reo del crimen porque os traen aquí. Retiraos y dejadme purgar la muerte de la dama arrojada al Tigris. Yo soy su asesino y merezco ser castigado.