Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Aunque esta arenga causase suma alegría al Visir, no por eso dejó de apiadarse del joven, cuya fisonomía, en vez de ser aciaga, tenía sumo aliciente, e iba a responderle, cuando un hombre, alto y de edad avanzada, se abrió paso por medio del concurso, y, acercándose al Visir, le dijo:

—Señor, no deis crédito a lo que os está diciendo ese joven: yo fuí el que maté a la dama hallada en el cofre, y sobre mí solo, debe recaer el castigo. En nombre de Dios, os ruego que no castiguéis al inocente por el culpado.

—Señor —repuso el joven encarándose con el Visir—, os juro que yo fuí el que cometí esa maldad, y que nadie en el mundo fué cómplice en ella.

—Hijo mío —interrumpió el anciano—, la desesperación os ha traído aquí y queréis anticipar vuestro destino; en cuanto a mí, hace tiempo que estoy en el mundo y debo no tenerle ya apego. Dejadme, pues, sacrificar mi vida por la vuestra. Señor —añadió volviéndose al Visir—, os repito de nuevo que yo soy el asesino; mandadme dar muerte sin tardanza.

La pugna entre el anciano y el joven obligó al visir Giafar a llevarlos a entrambos ante el Califa, con el beneplácito del juez, de lo criminal, que se complacía en favorecerle. Cuando estuvo, en la presencia de aquel Príncipe, besó siete veces el suelo y habló de este modo:


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