Las mil y una noches

Las mil y una noches

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—Comendador de los creyentes, traigo a Vuestra Majestad este anciano y este joven, qué se culpan cada cual del asesinato de la dama.

Entonces el Califa preguntó a los delincuentes cuál de los dos había asesinado tan cruelmente a la dama y la había arrojado al Tigris. El joven aseguró que era él; pero el anciano sostenía por su parte lo contrario.

—Llevadlos —dijo el Califa al gran Visir—, y que los ahorquen a entrambos.

—Pero, señor —dijo el Visir—, si uno solo es delincuente, fuera injusto matar al otro.

A estas palabras, el joven prosiguió:

—Juro por el Dios Todopoderoso que ha levantado los cielos a la altura en que se hallan, que yo fuí el que mató a la dama y la arrojó al Tigris cuatro días atrás. No quiero participar con los justos del día del juicio final, si lo que digo no es cierto. Así, yo soy el que debo ser castigado.

El Califa quedó atónito con aquel juramento, y le dió tanto más crédito cuanto el anciano nada replicó, y por lo tanto, encarándose con el joven:

—Desastrado —le dijo—, ¿por qué razón cometiste un crimen tan horroroso? ¿Y qué motivo puedes tener para haberte presentado a recibir la muerte?


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