Las mil y una noches

Las mil y una noches

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—Querida hermana, tengo necesidad de que me auxilies en un asunto importante. Voy a ser esposa del Sultán; no te asuste la noticia y escúchame con calma. Cuando llegue a Palacio pediré a Schariar que te permita pasar la noche en el aposento contiguo, para que yo disfrute por última vez de tu compañía. Si, como espero, obtengo este favor, ten cuidado de despertarme una hora antes de que despunte el día, y dime entonces: «Hermana mía, si no duermes, te ruego que me refieras uno de esos preciosos cuentos que tú sabes hasta que venga la aurora». Yo te contaré uno, y por este medio tan sencillo me parece que podré librar al pueblo de la desgracia que pesa sobre él.

Diznarda ofreció cumplir con gusto cuanto su hermana le exigía.

El gran Visir condujo a Scheznarda a Palacio y se retiró, después de haberla introducido en el departamento del Sultán. El Príncipe ordenó a la joven que se descubriese el rostro; obedeció ésta, y le vió surcado de lágrimas.

—¿Por qué lloras? —preguntó a su futura esposa.

—Señor —respondió Scheznarda—, tengo una hermana a quien amo con toda mi alma; desearía que pasase la noche junto a mí para, darle el último adiós. Creo que no me negaréis este último consuelo.


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