Las mil y una noches
Las mil y una noches Obligado, al fin, el Visir por la firmeza del carácter de su hija, fué muy afligido a anunciar a Schariar que aquella misma noche le presentarÃa a Scheznarda. El Sultán se llenó de asombro al considerar el sacrificio que le hacÃa el gran Visir, y la facilidad con que le entregaba su propia hija.
—Señor —respondió el Visir—, ella misma se ha ofrecido voluntariamente; la muerte no la espanta, y prefiere a la vida la honra de ser esposa de Vuestra Majestad.
—Pero ten entendido, Visir, que mañana, al devolverte a tu hija, te ordenaré que le des muerte, y si no me obedeces, te juro que caerá de los hombros tu cabeza.
—Señor —respondió el Visir—, al cumplir con tal decreto se desgarrará mi corazón, pero, aunque soy padre, sabré acallar los gritos de la naturaleza y ejecutaré vuestras órdenes.
El gran Visir fué en seguida a decir a su hija que el Sultán la esperaba, y Scheznarda recibió la noticia con la mayor alegrÃa, que en vano trató de comunicar a su afligido y desconsolado padre.
Púsose la joven en disposición de comparecer ante el Sultán, y momentos antes de salir de su casa, dijo reservadamente a Diznarda: