Las mil y una noches
Las mil y una noches —Nuestro amo —replicó el gallo— puede salir si quiere muy fácilmente del apuro; que se encierre en un cuarto con su mujer, le mida las costillas con una buena vara de fresno, y no insistirá en saber el secreto. Si no lo hace, él tendrá la culpa de cualquiera desgracia que le suceda.
Apenas oyó el labrador estas palabras, fué en busca de un garrote, y pegó a su mujer con tal fuerza, que ésta gritó al fin:
—Déjame ya, por Dios, que no volveré a preguntarte nada del secreto.
El marido, al verla en razón, abrió la puerta, entró toda la familia y felicitó al marido por haber encontrado un medio de convencer a su esposa.
—Hija mÃa —añadió el Visir—, tú merecerÃas que se te tratase de la misma manera que a la mujer del labrador.
—Padre mÃo —dijo Scheznarda—, mi resolución es irrevocable, y no me hará desistir de ella la historia que acabáis de contar. Yo podrÃa referiros otras que os harÃan no oponeros a mi designio, y si el cariño paternal se resiste a mi súplica, iré yo misma a presentarme al Sultán.