Las mil y una noches
Las mil y una noches —Eso no es verdad y tú te burlas de mí, y si no me dices lo que han hablado los animales, te juro que voy a separarme de ti para, siempre.
Y la mujer entró en la casa y se pasó la noche llorando en un rincón. Inútiles fueron los ruegos de su marido, que la amaba con ternura, para que desistiese de su empeño, y las súplicas de sus hijos y de todos los individuos de la familia; la mujer continuaba llorando, y el labrador, perplejo, no sabía qué partido tomar en tan apurado trance.
Tenía el labrador en la quinta, además, cincuenta gallinas, un gallo y un perro que guardaba la casa. Estaba el infeliz sentado a la puerta y cavilando acerca de su triste suerte, cuando oyó que el perro reñía al gallo porque cantaba alegre y ruidosamente.
—Has de saber —continuó diciendo el perro— que nuestro amo está hoy muy afligido. Su mujer se empeña en que le revele un secreto que le costará la vida, y es de temer que muera, porque quizá no tenga firmeza para resistir a la obstinación de su esposa. Todo es luto y aflicción en esta casa, y tú eres el único que estás gozoso y que nos insultas con tus cantos.