Las mil y una noches
Las mil y una noches Después de muchas reflexiones y de inútiles consuelos, se desprendió de los brazos de su amante esposa y de sus hijos, fué al sitio designado, junto a la fuente, y allí esperó al Genio con la tristeza que es fácil de adivinar y propia de un hombre que va a morir.
Scheznarda, al llegar a este punto, notó que era de día, y como sabía que el Sultán celebraba entonces el Consejo, guardó silencio…
Diznarda exclamó:
—¡Qué cuento tan maravilloso!
—Lo que queda es mejor todavía —dijo su hermana—, y te convencerías de ello si el Sultán me dejase vivir hoy para continuar esta noche la interrumpida historia.
Schariar, lleno de curiosidad, accedió a la indicación, levantóse y fué a presidir el Consejo.
El gran Visir, entretanto, presa de cruel inquietud, no había podido dormir pensando en la triste suerte que aguardaba a su hija.
Su asombro no tuvo límites cuando, al entrar en el Consejo, no oyó de boca del Sultán la fatal sentencia.
Al día siguiente, y a la hora convenida, dirigió Diznarda a su hermana las palabras del día anterior, y el Sultán añadió con impaciencia:
—Sí, termina el cuento, porque anhelo ya saber su desenlace.