Las mil y una noches

Las mil y una noches

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—Os pido un año, pasado el cual me encontraréis junto a este mismo árbol dispuesto a renunciar a la vida.

—¿Pones a Dios por testigo de tu promesa?

—Sí —replicó el mercader—, y podéis descansar en la fe de mi juramento.

El Genio, al oír estas palabras, desapareció, y el mercader, con el ánimo más tranquilo que al principio, montó a caballo y continuó su camino. Su mujer y sus hijos le recibieron con grandes demostraciones de alegría; pero el infeliz se echó a llorar con amargura al recordar el fatal juramento, y, para explicar la causa de su tristeza, refirió cuanto le había sucedido en el camino.

La esposa y los hijos del mercader prorrumpieron en gritos de desesperación, y la casa toda presentaba un espectáculo conmovedor.

El mercader pagó sus deudas, hizo regalos a sus amigos y limosnas a los pobres, dió libertad a sus esclavos de ambos sexos, dividió los bienes entre sus hijos, y como había transcurrido el año le fué preciso partir.

Es imposible describir la escena que tuvo lugar al despedirse el mercader de su familia, que quería morir con él y no separarse un momento de su lado.


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