Las mil y una noches
Las mil y una noches —¡Ah, mi buen señor! ¿Qué crimen he cometido para merecer tal suerte? No conozco ni he visto jamás a vuestro hijo.
—Pues qué, ¿acaso no has arrojado los huesos de los dátiles?
—Es verdad; no puedo negarlo.
—Pues bien —replicó el Genio—, mi hijo, que pasaba junto a ti, recibió un hueso en un ojo y quedó muerto en el acto. No hay compasión para ti y voy a arrancarte la vida.
—¡Misericordia, señor! —exclamó el mercader—. Si he matado a vuestro hijo, lo hice inocentemente y soy digno del perdón.
El Genio, en vez de contestar, asió al mercader y, derribándole al suelo, levantó la espada para cortarle la cabeza, sin enternecerse por los lamentos de su vÃctima, que se acordaba de su esposa y de sus hijos.
Cuando el mercader vió que el Genio le iba a cortar la cabeza, dió un grito horrible y dijo:
—Por favor, deteneos y oÃdme una palabra. Ya que vais a quitarme la vida, concededme un plazo que necesito para despedirme de mi familia, hacer testamento y arreglar mis asuntos, y juro por el Dios del cielo y de la tierra que volveré puntualmente para someterme a vuestra voluntad.
—¿Y cuánto tiempo necesitas? —preguntó el Genio.