Las mil y una noches

Las mil y una noches

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—Loado sea Dios, hija mía —le dijo—, que nos ha hecho hallar tan afortunadamente a tu primo y marido. Sin duda, te acordarás cómo estaba dispuesto tu aposento la primera noche de tus bodas. Vete, manda que lo arreglen todo como estaba entonces, y dado caso que no te acuerdes, yo supliré con los apuntes que mandé tomar. Por mi parte, voy a cuidar de lo demás.

Reina de Hermosura fué a ejecutar alborozadamente cuanto su padre acababa de mandarle, y éste empezó a disponerlo todo en la sala del mismo modo que se hallaba cuando Bedredin-Hasán había visto al palafrenero jorobado del sultán de Egipto. Al paso que iba leyendo sus apuntes, los criados ponían cada mueble en su lugar. No se olvidaron del trono, ni tampoco de las hachas encendidas, y cuando estuvo todo dispuesto en la sala, el Visir entró en el aposento de su hija y colocó en un asiento el vestido de Bedredin y la bolsa de los cequíes. Hecho esto, le dijo a Reina de Hermosura:

—Desnúdate, hija mía, y acuéstate, y cuando entre Bedredin, quéjate de que ha estado mucho tiempo fuera y dile que has extrañado sobremanera no hallarle a tu lado al despertarte. Instale para que se vuelva a la cama, y mañana nos divertirás contándonos lo que haya ocurrido entre vosotros.

A estas palabras, salió del aposento de su hija y dejó que se acostase.


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