Las mil y una noches
Las mil y una noches Chemsedin Mohamed mandó que salieran de la sala todos los criados que en ella había, y que se marcharan, excepto dos o tres a quienes mandó quedarse. Encargóles que fueran a sacar a Bedredin de la jaula, que lo pusieran en camisa y calzoncillos y lo llevaran a la sala en donde le dejarían solo y cerrarían la puerta.
Bedredin-Hasán, aunque oprimido de dolor, se había quedado dormido, de modo que los criados del Visir llegaron a sacarlo de la jaula y ponerlo en camisa y calzoncillos antes que se despertara, transportándolo a la sala con tanta prontitud, que no le dieron tiempo de volver en sí. Cuando se vió sólo en la sala, tendió la vista por todas partes, y trayéndole a la memoria los objetos que estaba viendo el recuerdo de sus bodas, advirtió con asombro que era la misma sala en que había visto al palafrenero jorobado. Aumentó su pasmo cuando, acercándose a la puerta de un aposento que estaba entreabierta, vió dentro su vestido en el mismo asiento en que se acordaba haberlo dejado la noche de sus bodas.
—¡Cielo santo! —dijo restregándose los ojos—. ¿Estoy despierto o dormido?
Reina de Hermosura, que estaba observando, después de haberse divertido con sus extrañezas, descorrió de improviso las cortinas de la cama, y asomando la cabeza: