Las mil y una noches

Las mil y una noches

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—Mi querido dueño —le dijo con acento cariñoso—, ¿qué hacéis a la puerta? Volved a acostaros. Bastante tiempo habéis estado fuera. Quedé atónita, al despertarme, de no hallaros a mi lado.

Bedredin-Hasán se inmutó, cuando conoció que la dama que le hablaba era aquella hermosa joven con quien se acordaba haber dormido. Entró en el aposento; pero, en vez de encaminarse hacia el lecho, embargado como estaba con las especies de cuanto le había sucedido durante diez años, no pudiendo persuadirse que todos aquellos acontecimientos hubiesen ocurrido en una sola noche, se acercó al asiento en donde estaban sus vestidos y la bolsa de cequíes, y habiéndolos examinado con sumo placer:

—¡Por Dios vivo —exclamó—, éstas son extrañezas que sobrepujan a mis alcances!

La dama, que se complacía en ver su turbación, le dijo:

—Otra vez os pido, dueño mío, que os volváis a la cama. ¿En qué os entretenéis?

A estas palabras, se acercó a Reina de Hermosura.

—Os ruego, señora —le dijo—, que me enteréis de si hace mucho tiempo que estoy a vuestro lado.

—¡Qué pregunta me hacéis! —respondió la joven—. Pues qué, ¿no os levantasteis poco ha? Debéis de estar muy absorto.


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