Las mil y una noches

Las mil y una noches

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—Señora —repuso Bedredin—, ciertamente que no estoy muy en mí. A la verdad, me acuerdo de haber estado a vuestro lado; pero también hago memoria de haber residido, desde entonces, diez años en Damasco. Si efectivamente he pasado aquí esta noche, no puedo haber estado ausente tanto tiempo. Estos dos actos son opuestos, y así, por favor, decidme lo que debo conceptuar acerca de ellos, y si mi casamiento es una ilusión, o si mi ausencia es un sueño.

—Sí, señor —repuso Reina de Hermosura—, sin duda soñasteis que habíais estado en Damasco.

—Chistoso lance por cierto —exclamó Bedredin, riéndose a carcajadas—. Estoy cierto, señora, que mi sueño va a divertiros mucho. Imaginaos que me hallé a las puertas de Damasco en camisa y calzoncillos, como estoy ahora; que entré en la ciudad en medio de la gritería del populacho que me venía insultando; que me refugié en casa de un pastelero, que me prohijó, enseñó su oficio y dejó a su muerte todos sus bienes, y que desde entonces seguí con tienda abierta. En suma, señora, me sucedieron tantas aventuras que sería muy largo contarlas, y cuanto puedo expresar es que hice acertadamente en despertarme, porque iban a colgarme de una horca.

—¿Y qué motivo tenían para trataros con tanta crueldad? —dijo Reina de Hermosura mostrándose admirada—. Sin duda, habíais cometido algún atentado.


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