Las mil y una noches
Las mil y una noches —No, por cierto —respondió Bedredin—; era por la causa más extraña y ridÃcula del mundo. Todo mi delito se reducÃa a haber vendido un pastel de crema sin pimienta.
—¡Cómo! ¿Por eso os querÃan colgar? —dijo Reina de Hermosura—; no cabe duda que obraban injustÃsimamente.
—Aún hay más —añadió Bedredin—; habÃan roto y hecho pedazos todo lo que tenÃa mi tienda, por aquel maldito pastel en que me reconvenÃan de no haber puesto pimienta, y maniatándome luego, me enjaularon tan estrechamente, que me parece que todavÃa me siento condolido. Finalmente, habÃan llamado a un carpintero y mandádole que levantara una horca para colgarme. ¡Pero bendito sea Dios, ya que todo esto es efecto de un sueño!
Bedredin no pasó la noche con sosiego; despertábase de tanto en tanto y se preguntaba a sà mismo si soñaba o estaba despierto.
Desconfiaba de su felicidad, y procuraba cerciorarse de ella, descorrÃa las cortinas y paseaba la vista por la habitación.
—No me engaño —se decÃa—, éste es el mismo aposento donde entró en lugar del jorobado, y estoy acostado con la hermosa joven que le estaba destinada.