Las mil y una noches

Las mil y una noches

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El día que asomaba no había desvanecido aún su desasosiego, cuando el visir Chemsedin Mohamed, su tío, llamó a la puerta y entró casi al mismo tiempo para saludarle.

Grandísimo fué el pasmo de Bedredin-Hasán, viendo de repente a un hombre que le era tan conocido, pero que ya no tenía el semblante justiciero con que había pronunciado la sentencia de su muerte.

—¡Ah! ¿Sois vos? —exclamó—. ¡El que me trató tan indignamente y me condenó a una muerte que todavía me horroriza, por un pastel de crema sin pimienta!

El Visir se echó a reír, y, para sosegarle de una vez, le refirió cómo había venido a su casa y se había casado en lugar del palafrenero del Sultán por la mediación de un Genio, porque la narración del jorobado le había hecho adivinar la verdad; también le informó que había descubierto el parentesco que mediaba entre ellos por un cuaderno escrito de puño de Nuredin-Alí, y que por consecuencia de aquel descubrimiento, se había marchado del Cairo e ido hasta Bassora para buscarle y saber noticias suyas.



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