Las mil y una noches

Las mil y una noches

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—Mi querido sobrino —añadió abrazándole con mucha ternura—, espero que me perdones cuanto te hice padecer desde que conocí quién eras. He querido traerte a mi casa sin enterarte de tu ventura, que debe serte tanto más grata cuanto te ha costado mayores quebrantos. Consuélate de todos tus pesares con el júbilo de verte restituido a unas personas que deben serte sumamente queridas. Mientras te vistes voy a avisar a tu madre, que está muy ansiosa de abrazarte, y te traeré tu hijo, a quien viste en Damasco y manifestaste tanta inclinación sin conocerle.

No hay voces adecuadas para expresar debidamente cuál fué el gozo de Bedredin cuando vió a su madre y a su hijo Ajib. Estas tres personas no cesaban de abrazarse con todas las demostraciones que traen consigo los vínculos de la sangre y del cariño más entrañable. La madre dijo a Bedredin las mayores ternezas, hablándole del pesar que le había estado causando una ausencia tan larga, y del llanto que había derramado. Ajib, en vez de esquivar como en Damasco los abrazos de su padre, los recibía continuamente; y Bedredin-Hasán, dividido entre dos objetos tan dignos de su amor, les daba a porfía entrañables pruebas de su cariño.



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