Las mil y una noches
Las mil y una noches ALLÁ en tiempos remotos vivía en la ciudad de Casgar, situada en los confines de la Gran Tartaria, un honrado sastre que amaba, con delirio a su esposa. Un día se presentó a la puerta de la tienda un jorobadito cantando tan bien al son del tamboril, que el sastre le invitó a entrar en la casa para que su mujer le oyese. Después que el jorobadito cantó lo que sabía, se pusieron los tres a la mesa a cenar un plato de pescado; pero el jorobadito se tragó una espina y a los pocos momentos había dejado de existir. Llenos de pena marido y mujer, y temerosos de que la justicia les castigase como asesinos, resolvieron, después de mil planes y proyectos, llevar al jorobadito a casa de un médico judío que habitaba en la vecindad. Así lo hicieron a una hora avanzada de la noche, depositando el cadáver en lo alto de la escalera. Salió a abrir la puerta un esclavo, a quien dijo el sastre que aquel jorobadito era un pobre enfermo que necesitaba sin tardanza de los auxilios de la ciencia. Puso una moneda de plata en manos del criado para que pagase al médico su trabajo, y salió a escape de la casa. Apresuróse el médico judío a ir en busca del enfermo, pero con la precipitación se olvidó de la luz y tropezó con el cuerpo del jorobado, que rodó estrepitosamente por las escaleras; bajó, el judío, trajeron luces, reconocieron espantados que el jorobadito no existía, y creyeron que había muerto a consecuencia de la caída. El médico, a pesar de su trastorno, tuvo la precaución de cerrar la puerta; subió el cadáver a su cuarto y pasó toda la noche imaginando los medios de librarse del terrible conflicto. Al amanecer se le ocurrió al fin arrojar el cadáver a la chimenea de la casa, inmediata, habitada por uno de los proveedores del Sultán, chimenea cuyo cañón daba a la azotea del médico judío. Ató, en efecto, al jorobado por debajo de los brazos con un cuerda y lo hizo descender de modo que quedó en pie como si estuviese vivo. El proveedor entró poco después en la habitación, y creyendo que aquel hombre era un ladrón que penetraba así en la casa para robarle, se apoderó de un palo y dió repetidos golpes al jorobadito, hasta que notó que el cuerpo no tenía movimiento.