Las mil y una noches

Las mil y una noches

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—¡Dios mío —exclamó—, he llevado muy lejos mi venganza quitando la vida a este infeliz! Ahora vendrán a prenderme, y ya mi único porvenir es el cadalso.

Pero el proveedor no era hombre lento en sus resoluciones y tomó en seguida la de sacar el cadáver a la calle, colocándolo en pie junto al umbral de la primera tienda que encontró. Luego, y sin atreverse a volver la cabeza atrás, se refugió en su casa.

Un mercader cristiano que quería aprovechar las primeras horas de la mañana para ir al baño sin ser visto de los musulmanes, tropezó en la calle con el jorobado; creyó que era un malhechor y le derribó al suelo de un puñetazo, gritando: ¡socorro! Llegó la guardia, y los soldados, al ver que el jorobadito había muerto a manos de un cristiano, se indignaron en contra del mercader.

—¿Por qué habéis maltratado de esa manera a un musulmán? —Le preguntaron.

—Quiso robarme, me cogió por el cuello y…

—¡Le matasteis! —Le interrumpieron.

El pobre mercader fué conducido a presencia del Juez de policía, quien, enterado del hecho por los guardias, fué a dar cuenta al Sultán de lo sucedido.

—No puedo ser clemente —le dijo éste— con los cristianos que matan a los musulmanes; cumplid, pues, con vuestro deber.


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