Las mil y una noches
Las mil y una noches Entretanto habíasele disipado la borrachera al mercader, el cual, por más que lo pensaba, no acertaba a comprender cómo se podía matar a un hombre con unos simples pescozones.
El desgraciado fué conducido al patíbulo, y ya el verdugo echábale al cuello el lazo fatal, cuando se oyó al proveedor diciendo a gritos:
—¡Deteneos! ¡Deteneos! Yo soy el verdadero criminal y ese hombre es inocente.
Al oír la confesión pública, ratificada por dos veces, los guardias mandaron al verdugo que ahorcase al proveedor en vez del mercader cristiano; pero, próxima a consumarse la ejecución, apareció entre la multitud el médico judío, jurando por el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob que él había sido, involuntariamente, el matador del jorobado.
El Juez ordenó que fuera ahorcado el médico en lugar del mercader cristiano, y ya tenía aquél la cuerda al cuello, cuando llegó el sastre gritando: