Las mil y una noches

Las mil y una noches

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—Señor, ése también es inocente; si os dignáis oírme, pronto sabréis quién fué el que mató al jorobadito. Ayer tarde, mientras yo trabajaba en mi tienda, llegó el jorobadito completamente borracho. Después de haber cantado un rato, le propuse que pasara la noche en mi casa, y él aceptó gustosísimo. Nos sentamos a la mesa, y al comerse un pescado, se le atravesó una espina en la garganta y murió en el acto. Afligidos mi mujer y yo, y asustados a la par por temor de que se nos achacase aquella muerte, llevamos el cadáver a casa del médico judío, el cual, al salir de su habitación, tropezó con el cuerpo y lo echó a rodar por las escaleras, y por eso creyó que lo había matado; pero el médico es inocente.

—Deja, pues, en libertad al judío —dijo el Juez al verdugo— y ahorca al sastre, ya que confiesa su delito.

El verdugo se disponía a obedecer la orden, cuando evitó la ejecución un hecho inesperado.

El sultán de Casgar, que no podía estar un momento separado de su jorobadito, que era su bufón, preguntó a uno de sus oficiales a qué obedecía la prolongada ausencia de aquél.


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