Las mil y una noches
Las mil y una noches —Señor —le contestó el oficial—, el jorobadito por quien tanto se preocupa Vuestra Majestad, emborrachóse ayer y, contra su costumbre, salió de Palacio y ha sido encontrado muerto esta mañana. Conducido el supuesto asesino a presencia del Juez, éste ordenó que se levantase en seguida el patÃbulo.
Al oÃr esto último, el Sultán llamó a otro de sus oficiales y le dijo:
—Id al lugar del suplicio y decid, de mi parte, al Juez de policÃa que, sin pérdida de tiempo, conduzca aquà al acusado y el cuerpo del jorobadito.
Llegó el mensajero del Sultán en el preciso momento en que el verdugo ponÃa el dogal al cuello del sastre.
El Juez, acompañado del mercader, del sastre y del judÃo y seguido por cuatro hombres que transportaban el cadáver del jorobadito, se dirigió a Palacio, se postró a los pies del Sultán y, cuando obtuvo permiso para levantarse, contó la historia del bufón.
El Sultán la oyó con suma complacencia, y apenas el Juez terminó su relato, dijo a los circunstantes:
—¿Habéis oÃdo jamás cosas tan sorprendentes como lo ocurrido con el jorobadito?
El mercader cristiano respondió entonces, después de tocar el suelo con la frente:
—Poderoso monarca, yo sé una historia mucho más sorprendente que la que acabáis de oÃr.