Las mil y una noches

Las mil y una noches

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No pude resistir a tanta vergüenza y caí desvanecido.

El Juez de policía tomó la bolsa y preguntó al jinete si la reconocía como suya y si sabía cuánto dinero encerraba.

—Sí, es mía —contestó el jinete—, y contiene veinte cequíes.

Contaron la cantidad de monedas, y como resultó exacta devolvieron la bolsa a su dueño.

Entretanto yo me había recobrado.

—Joven —me dijo entonces el Juez de policía—, confesadme la verdad. ¿Habéis sido vos el que ha robado la bolsa a este señor? No me obliguéis a emplear el tormento para hacéroslo decir.

Bajé los ojos y me declaré culpable.

Apenas hube terminado mi confesión, mandó el Juez que me cortaran la mano derecha, y su orden fué ejecutada en el acto. Esto excitó la compasión de algunos espectadores y el jinete, no menos conmovido, se me acercó diciéndome:

—Comprendo que sólo la necesidad os ha obligado a cometer una acción tan vergonzosa e indigna de un joven de vuestras prendas. Tomad esta bolsa funesta, os la regalo y lamento la desgracia que os ha ocurrido.

El joven de Bagdad terminó su historia diciendo al mercader cristiano:


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