Las mil y una noches
Las mil y una noches Así lo hice, en efecto, y durante varias noches aún, dejándole cada vez una bolsa con cincuenta monedas de oro.
Al fin, me quedé sin dinero.
En esta situación precaria y presa de la desesperación, salí del Kan y me dirigí hasta el castillo, en cuyos alrededores vi mucha gente reunida. Abriéndome paso entre la multitud para indagar de qué se trataba, me hallé junto a un caballero muy bien montado que llevaba sobre el arzón un saco medio abierto del que salía un cordón de seda verde. Puse la mano sobre el saco, y echando de ver que aquel cordón era el de una bolsa, me apoderé de ésta sin que, al parecer, nadie me viese que la substraía. Pero el caballero que, sin duda, sospechaba de mí, notó la falta del dinero y me propinó en la cabeza un golpe tan tremendo que me hizo rodar por el suelo.
Los que fueron testigos de esta agresión, injustificada a su juicio, clamaron indignados, y algunos cogieron las bridas del caballo, exigiendo al jinete que diese una explicación de semejante violencia.
—Pues la explicación es muy sencilla —repuso aquél—: ¡ese hombre, es un ladrón!
El Juez de policía, que se hallaba presente, ordenó que me detuviesen y que me registrasen. Naturalmente, me encontraron la bolsa que yo acababa de robar y la mostraron al público.