Las mil y una noches

Las mil y una noches

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El día indicado me levanté más temprano que de costumbre, me puse mi mejor traje, tomé una bolsa con cincuenta monedas de oro, y, montando en un asno, partí acompañado del hombre que me lo había alquilado.

Llegado a la calle de la Devoción dije a mi guía que preguntase por la casa de Bercur, y cuando se la indicaron me condujo a ella. Le pagué con generosidad, recomendándole que no faltase de volver a la mañana siguiente para recogerme.

Dí unos golpecitos en la puerta y al punto aparecieron dos esclavas bellísimas, blancas como la nieve, vestidas con suma riqueza, las cuales me introdujeron en un salón lujosísimo.

No hube de esperar mucho rato: la mujer amada hizo su aparición, adornada de perlas y de diamantes, pero más refulgente aún por el brillo de sus ojos que por los destellos de sus joyas.

Prepararon una mesa con los más exquisitos manjares, y al lado de aquella beldad pasé una noche deliciosa.

A la mañana siguiente, después de dejar discretamente la bolsa con las cincuenta monedas de oro en un sitio donde la había de encontrar fácilmente, me despedí de la dama, la cual me preguntó cuándo volvería a verla.

—Señora —le dije—, os juro que vendré esta noche.


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