Las mil y una noches
Las mil y una noches Me despedà del mercader y eché a andar a la ventura, absorto en mis amorosos pensamientos. De pronto, sentà que me tocaban en el hombro y, al volverme, me encontré con la esclava de la hermosa joven.
—Señor —me dijo—, mi ama quiere deciros dos palabras; tened la bondad de seguirme.
No me lo hice repetir, y a los pocos momentos me hallaba al lado de mi amada en la tienda de un cambista.
Me hizo sentar junto a ella y me habló en estos términos:
—Querido señor, no os sorprenda que os dejase de tal modo desairado, considerando que en presencia de un mercader no podÃa corresponder de otra manera a la confesión que me hicisteis. Lejos de ofenderme, os digo con franqueza que me halagó, y me considero muy dichosa de ser amada de un hombre de vuestros méritos.
—Señora —exclamé enajenado de amor y de alegrÃa—, vuestras palabras suenan en mis oÃdos como música celestial…
—No perdamos tiempo con palabras inútiles —me interrumpió—. No dudo de vuestra sinceridad y pronto estaréis persuadido de la mÃa. Hoy es viernes; venid mañana después de la oración del mediodÃa. Mi casa está situada en la calle de la Devoción. No tenéis más que preguntar por la de Albos Schauma, de sobrenombre Bercur, jefe que fué de los emires, y allà me encontraréis.