Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Estas palabras me alentaron para hacer un ruego atrevido.

—Señora —le dije—, en recompensa de este servicio, dejadme admirar vuestro semblante.

Volvióse ella hacia mí y levantándose el velo me dejó ver un rostro encantador. Yo no me hubiera cansado jamás de mirarla; pero la joven, temiendo ser observada, volvió a cubrirse prontamente, tomó la pieza de tela y abandonó la tienda.

No pude conciliar el sueño en toda la noche, y a los primeros albores del día me levanté con la esperanza de volver a ver al objeto amado.

A los pocos momentos de estar yo en la tienda llegó la dama, acompañada de su esclava, y sin dignarse mirar al mercader, me dijo:

—Señor, vengo expresamente para entregaros la cantidad de que respondisteis por mí.

—Siento que os hayáis molestado, pues no corría prisa…

Y aprovechándome de la ocasión le hablé del amor intensísimo que por ella sentí desde el primer momento que la oí hablar.

Pero la joven se levantó violentamente, como si mi declaración la hubiese ofendido.


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