Las mil y una noches

Las mil y una noches

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—¡Pues quedaos con ese trapo! —exclamó la dama, arrojando la rica tela al suelo—. ¡Que Mahoma confunda a vos y a cuantos mercaderes existen en el mundo!

Dicho esto, se levantó y salió enfurecida de la tienda.

Al ver que la joven se retiraba, me sentí conmovido y la llamé diciéndole:

—Señora, hacedme el favor de escucharme; quizá haya un medio de contentar a todos.

Volvió ella, pero sólo por complacerme, según dijo.

—Señor Bedredin —dije yo entonces—, ¿cuánto queréis por esta tela que me pertenece?

—Mil cien dracmas de plata —me contestó—; no puedo darla por menos precio.

—Dejad, pues, a la señora que se la lleve. Yo os daré cien dracmas de ganancia y un recibo del importe de la tela que uniréis a la cuenta de los otros géneros de mi propiedad.

Y cogiendo la tela se la presenté a la señora, diciéndole:

—Os la podéis llevar, señora; en cuanto al dinero, me lo enviaréis mañana u otro día.

—¡Oh, señor, que el Cielo os bendiga aumentando vuestros bienes y concediéndoos larga vida! —exclamó la dama.


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