Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Arreglados así mis asuntos, sólo pensé en divertirme. Pasado el primer mes, comencé a visitar a los mercaderes dos veces por semana, según lo convenido, lo cual no impedía que cada día fuese a pasar un rato ora a casa de éste, ora a la tienda de aquél.

Cierto día que visitaba a uno de éstos, llamado Bedredin, entró en la tienda una dama y se sentó a mi lado.

El exterior de su persona y la gracia avasalladora de su manera de hablar, predispusiéronme al momento a su favor y sentí un vivo deseo de conocerla íntimamente. Tras unos instantes de conversación sobre asuntos indiferentes, manifestó su deseo de ver unas telas de tisú de oro que sólo, dijo, podía hallar en aquella tienda, porque era la mejor de la ciudad.

El mercader le mostró diferentes telas, y la dama preguntó el precio de una que le había gustado sobremanera.

Bedredin le pidió mil cien dracmas de plata.

—Está bien —dijo ella—, pero como no traigo esa cantidad, esperó que me la fiaréis hasta mañana y permitiréis que me lleve la tela.

—Señora —repuso Bedredin—, accedería con mucho gusto a lo que me pedís, si la tela fuese mía; pero sólo puede disponer de ella este señor, que es su dueño.


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