Las mil y una noches
Las mil y una noches 
SABED, señores, que bajo el reinado del califa Haroun-al-Raschid, mi padre pasaba por ser uno de los más ricos mercaderes de Bagdad donde yo nacÃ. Mas, como era un hombre dado a los placeres y a la crápula, descuidaba sus negocios, y asÃ, al morir, en vez de una gran fortuna, dejóme infinitas deudas que hube de pagar imponiéndome todo género de privaciones, y poco a poco fuà reuniendo un buen capital.
Una mañana, al abrir mi tienda, entró una dama y me rogó que le permitiese descansar hasta que llegasen otros mercaderes.
No me opuse, naturalmente, a sus deseos, y entonces me dijo que tenÃa el propósito de comprar toda clase de telas de las más vistosas y ricas, y me preguntó si podÃa yo facilitarle algunas de ellas.
—¡Oh señora! —exclamé—. Soy un joven mercader recién establecido, no cuento aún con riquezas suficientes para montar una tienda con géneros tan caros, y siento mucho no poder serviros nada de lo que habéis venido a buscar al Bazestein; mas, para evitaros que vayáis de tienda en tienda, en cuanto lleguen los otros mercaderes iré a pedirles precio de las telas que deseáis y asà podréis adquirirlas sin molestias y con economÃa.
Asà lo hice y compré telas por valor de cinco mil dracmas de plata.
