Las mil y una noches
Las mil y una noches La dama se despidió de mí con mucha amabilidad y abandonó el Bazestein acompañada del eunuco que llevaba el fardo.
Yo la seguí con la mirada, y en cuanto la hube perdido de vista caí en la cuenta de que, trastornado por un amor naciente, habíala dejado marchar sin pagarme y sin preguntarle siquiera dónde vivía.
Me encontré, pues, deudor de una suma importante a varios mercaderes, y hube de ir dando largas al asunto, hasta reunir la cantidad necesaria, asegurándoles que conocía yo a la dama y que respondía de la deuda.
Llegó, empero, el momento en que los mercaderes perdieron la paciencia, y ya me disponía a entregarles todo lo que poseía en mi tienda cuando llegó la dama, acompañada del mismo eunuco que la vez primera.
—Tomad vuestra balanza —me dijo— y disponeos a pesar el oro que os traigo.
Estas palabras disiparon mis temores y aun avivaron mi amor.
Antes de entregarme el oro, me dirigió ella varias preguntas, entre otras una referente a mi estado.
Le contesté que era soltero.
Entonces la dama dijo al eunuco, al mismo tiempo que le daba el oro:
—Emplead toda vuestra destreza para llevar a cabo este negocio.