Las mil y una noches
Las mil y una noches 
UNO de mis amigos me convidó días pasados a comer con él y con otras personas a quienes había invitado también para que participasen del festín. Entre los asistentes se contaban un joven cojo y un barbero de la ciudad, y apenas vió el primero al rapabarbas pidió al dueño de la casa permiso para retirarse, porque, según dijo, no podía resistir la presencia del barbero, pues aquel hombre era la causa de su cojera y de sus desgracias.
Todos le rogamos que nos contara la historia, y al fin, cediendo a nuestras súplicas, empezó a hablar de este modo con la espalda vuelta al barbero para no verle.