Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Cuando se hubo cansado de acariciar las flores, de abrasarme con sus miradas y de enloquecerme con sus sonrisas, cerró la ventana, pero yo continué largo rato como petrificado en el escalón sin acertar a explicarme lo que me pasaba. Volví a mi casa agitado y me acosté en seguida presa de una fiebre altísima que alarmó a mis familiares y parientes, los cuales me acosaron inútilmente a preguntas para saber la causa de mi repentina postración. Desesperaban ya de salvarme la vida cuando llegó una vieja, me examinó detenidamente y adivinó la causa de mi enfermedad. Entonces mandó que se retirasen todos los presentes, y cuando hubieron salido se sentó a la cabecera de mi lecho y me dijo:

—Hijo mío, os habéis obstinado hasta ahora en ocultar la causa de vuestra dolencia, pero yo no necesito que me la manifestéis: tengo suficiente experiencia de la vida para penetrar vuestro secreto y no lo negaréis, seguramente, cuando os diga que vuestra enfermedad es de amor. Yo os puedo curar, si me decís el nombre de la afortunada que ha sabido adueñarse de un corazón tan insensible como el vuestro, pues es fama que no habéis amado nunca a las mujeres. Así, he venido con el exclusivo objeto de curaros, y espero que no rehusaréis mis servicios.

Tanto dijo la vieja y de tal modo insistió, que al fin rompí el silencio y le expliqué circunstanciadamente lo que me había ocurrido.


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