Las mil y una noches
Las mil y una noches Para abreviar la narración, os diré que aquella buena mensajera hizo diversas tentativas cerca de la cruel enemiga de mi reposo, pero todas en vano.
—Hijo mÃo —me dijo en cierta ocasión la vieja—, no moriréis de ésta y confÃo en que pronto os veré completamente curado. Ayer volvà a casa de vuestra dama y la encontré muy alegre; entonces yo fingà una profunda tristeza, lancé suspiro tras suspiro y acabé por prorrumpir en llanto.
—¿Qué os pasa, abuela? —me preguntó—. ¿Por qué estáis tan afligida?
—¡Ay, mi buena y respetable señora! —le contesté—. Vengo de casa del joven de quien os he hablado, y el pobrecito está ya a las puertas de la muerte. ¡Qué pena me produce pensar que vuestra crueldad es la causa de todo esto!…
—Pues bien —me interrumpió suspirando— decidle que consentiré en que venga a verme; pero que no espere otros favores y que renuncie a sus esperanzas de ser mi esposo si mi padre se opone a nuestro matrimonio. AsÃ, pues, que venga el viernes durante la oración del mediodÃa. Que aceche la ocasión para acercarse a mi puerta en cuanto salga mi padre; yo le veré desde la ventana y bajaré a abrirle.
—Hoy es miércoles —prosiguió la vieja—; de aquà al viernes tenéis tiempo para recobrar vuestras fuerzas y disponeros para hacer esa visita.