Las mil y una noches
Las mil y una noches A medida que la vieja hablaba, me sentÃa mejor, y al final de su largo discurso me encontré perfectamente curado.
—Tomad —le dije, entregándole una bolsa llena de oro—; a vos soy deudor de mi curación.
El viernes por la mañana llegó la vieja mientras yo me vestÃa.
—No os pregunto cómo estáis, pues la ocupación a que os veo entregado me lo dice claramente; ¿pero no os lavaréis antes de ir a la casa de la hija del Cad�
—En eso se emplea mucho tiempo —contesté—; llamaré, a un barbero para que me afeite y me corte los cabellos.
El esclavo a quien envié a buscarlo volvió acompañado del desgraciado barbero aquà presente, el cual, después de haberme saludado, comenzó diciendo:
—Señor, según vuestro aspecto, no gozáis de buena salud.
—En efecto —le respond×; estoy convaleciente de una penosa enfermedad.
—Que Dios os libre de todo mal y que siempre os acompañe su protección.
—Muchas gracias.
—He traÃdo las navajas y las lancetas, y espero me digáis si se trata de sangraros o de afeitaros.