Las mil y una noches
Las mil y una noches —Señores —nos respondió alzando la cabeza, que hasta entonces habÃa tenido baja—: el silencio que he guardado mientras ese joven ha estado hablando, debe serviros de testimonio de que nada ha dicho en que no convenga con él. Pero como quiera que sea, sostengo que he debido hacer lo que hice, y si no, sed vosotros mismos los jueces: ¿no se habÃa metido en un aprieto del que no hubiera salido tan a su salvo sin mi auxilio? Muy afortunado es en que le cueste sólo una pierna lisiada. ¿No me he expuesto yo a un peligro mucho mayor para sacarle de una casa en donde yo creÃa que le estaban atropellando? ¿Tiene motivo para quejarse de mà e insultarme en términos tan violentos? Esto es lo que se gana con servir a ingratos. Me culpa de ser hablador; ésa es una calumnia. De siete hermanos que éramos, yo soy el que hablo menos y el que tengo más talento, y para que convengáis en ello, señores mÃos, voy a contaros mi historia y la suya. Favorecedme con vuestra atención.