Las mil y una noches
Las mil y una noches Al acabar estas palabras, el mancebo cojo se levantó y salió del aposento. El amo de la casa le acompañó hasta la puerta, manifestándole cuánto sentía haberle dado, aunque sin culpa suya, tanto motivo de sentimiento.
Cuando el joven se hubo marchado —prosiguió el sastre— quedamos todos atónitos con su historia. Volvimos nuestras miradas hacia el barbero, y le dijimos que era muy culpable, de ser cierto lo que acabábamos de oír.