Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Creyendo obligarle por este medio, mandé a mis esclavos qué la trajesen de toda clase de frutos, vinos y viandas. Apenas vió los manjares, soltó la navaja y comenzó a examinarlos con una flema que me hizo perder la poca paciencia que me quedaba. Lejos de intimidarse con mis gritos e imprecaciones, se empeñó en que fuese a comer con él y con los amigos que había convidado. Le respondí que me era imposible acceder a su deseo, pero que concluyese ante todo de afeitarme, lo cual hizo refunfuñando y de la peor gana posible. Sin lavarme la cara insistió de nuevo en que fuera con él a su casa, mientras recogía los víveres esparcidos por el suelo, y ya entonces, fuera de mí y con el anhelo de verme libre de sus importunidades, di al barbero un soberbio puntapié que le obligó a bajar los escalones de cuatro en cuatro. Vestíme apresurado, y, al salir a la calle y llegar a la puerta del Cadí, vi al barbero, que me había acechado y me esperaba escondido en una puerta. No bien hube entrado en el edificio y dirigido las primeras palabras a la hermosa hija del Cadí, entró éste dando de palos a un esclavo infiel, el cual lanzaba gritos agudos arrancados por el dolor; creyó el maldito barbero que yo era quien me quejaba de tal suerte, y, llevado de un celo indiscreto, corrió a mi habitación, armó de garrotes a todos mis criados y fueron en tumulto a casa del Cadí con pretexto de libertarme de su furia. Asombrado el Cadí, salió al encuentro de aquella turba sin comprender lo que decían, puesto que ignoraba mi presencia allí, y el barbero y mis criados le insultaron, llamándole embustero, lanzándose en mi busca por todas las habitaciones, como una horda de gentes desenfrenadas. Yo, que todo lo había oído, me oculté en un cofre vacío, pero el barbero registró hasta los últimos rincones, y al encontrarme en dicho escondite, cargó con el cofre y se dirigió a la calle seguido de la gran multitud atraída por el escándalo del suceso. Pero desgraciadamente se hundió el fondo del cofre con el peso de mi cuerpo, y caí al suelo, rompiéndome una pierna, origen de mi cojera. A pesar del horrible dolor que sentía, eché a correr como un gamo, y el barbero, siempre detrás de mí gritándome para que detuviese mis pasos y oyera sus fastidiosas protestas de amistad. Pude llegar a mi casa dos o tres minutos antes que mi cruel perseguidor, y cerré la puerta con orden de que no le dejasen entrar a ninguna hora ni del día ni de la noche. Me curé en secreto, para librarme de sus inevitables visitas, y cuando me fué posible andar sin trabajo, realicé mis bienes y abandoné mi familia, mi pueblo y mi patria, temeroso de que ese barbero, que es mi sombra y mi pesadilla, se me apareciese de nuevo a causarme mayores desgracias. Juzgad ahora, señores, el efecto que me habrá producido su presencia, y si no está justificado el horror que su vista me inspira.


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