Las mil y una noches
Las mil y una noches El Juez de policía practicó sus diligencias y puso tanta gente en campaña, que los diez salteadores fueron cogidos el día mismo del Bairán. Casualmente me estaba yo paseando entonces por la orilla del Tigris, y vi diez hombres, bastante bien vestidos, que se embarcaban en una lancha. Si hubiese reparado en la guardia que los escoltaba, fácilmente hubiera conocido que eran malhechores; pero tan sólo reparé en sus personas, y embargado con la aprensión de que eran gentes que iban a divertirse y a pasar la fiesta en algún banquete, entré en la barca con ellos sin decir palabra, esperanzado de alternar con ellos en aquel paseo. Bajamos por el Tigris y desembarcamos delante del alcázar del Califa. Tuve tiempo para volver en mí y advertir que me había equivocado. Al salir de la barca nos vimos rodeados por una nueva escuadra de guardias, que nos ataron y llevaron a la presencia del Califa. Me dejé atar como los demás sin decir palabra; y, en efecto, ¿de qué me hubiera servido hablar y oponer resistencia? Esto no hubiera conducido sino a que los guardias me maltrataran sin escucharme, porque son unos bárbaros que en nada reparan. Yo me hallaba con los salteadores, y bastaba esto para que creyesen que yo debía ser uno de tantos.
Luego que estuvimos delante del Califa, mandó que se castigara a los diez facinerosos.
—Que les corten la cabeza a esos diez malvados —dijo.