Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Al punto el verdugo nos puso en línea al alcance de su mano, y felizmente me hallé colocado el último. Decapitó a los diez empezando por el primero, y cuando llegó a mí, se paró. El Califa, viendo que el verdugo no me tocaba, se enojó.

—¿No te he mandado —le dijo— que cortes la cabeza a diez ladrones? ¿Por qué no la cortas sino a nueve?

—Comendador de los creyentes —respondió el verdugo—, guárdeme Dios de no haber ejecutado la orden de Vuestra Majestad: aquí están en el suelo diez cadáveres y otras tantas cabezas cortadas, como puede ver.

Cuando el Califa hubo verificado por sí mismo que el verdugo decía verdad, me miró con extrañeza, y no advirtiéndome fisonomía de salteador:

—Buen anciano —me dijo—, ¿por qué casualidad os halláis envuelto con esos desastrados, dignos de mil muertes?

Yo le respondí:

—Comendador de los creyentes, voy a deciros la verdad: he visto esta mañana que entraban en una barca esos diez hombres, cuyo castigo acaba de hacer patente la justicia de Vuestra Majestad, y embarqué con ellos, persuadido de que iban a celebra este día, que es el más grande de nuestra religión.


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