Las mil y una noches
Las mil y una noches El Califa no pudo menos de reÃrse de mi aventura, y obrando de muy diferente modo que ese joven cojo que me trata de hablador, admiró mi discreción y constancia en guardar silencio.
—Comendador de los creyentes —le dije—, no extrañe Vuestra Majestad que haya callado en un trance en que cualquier otro hubiera tenido ganas de hablar. Hago una profesión particular de callar, y por esta virtud he merecido el glorioso tÃtulo de silencioso, pues asà me llaman para distinguirme de los seis hermanos que he tenido. Éste es el fruto que he sacado de mi filosofÃa: en una palabra, esta virtud constituye toda mi gloria y felicidad.
—Mucho me alegro —me dijo riéndose el Califa— que os hayan dado un dictado del que tan buen uso estáis haciendo; pero decidme: ¿qué clase de hombres eran vuestros hermanos? ¿Se os parecÃan en algo?
—De ningún modo —le repliqué—; eran todos a cual más parlanchÃn; y en cuanto a su persona, habÃa también una gran diferencia entre ellos y yo: el primero era jorobado; el segundo, desdentado; el tercero, ciego; el cuarto, tuerto; el quinto, desorejado, y el sexto tenÃa los labios hendidos. Les han sucedido lances que os harÃan formar concepto de sus Ãndoles, si Vuestra Majestad me permitiera referÃrselas.
Como me pareció que el Califa se mostraba deseoso de oÃrlos, proseguà sin aguardar sus órdenes.