Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Aquel hombre, menos compasivo que yo, quitó la vida al animal, y vimos entonces que la vaca, a pesar de su robusta apariencia, no tenía más que los huesos y el pellejo. Poseído de gran pesadumbre, regalé la víctima al labrador y le dije que me trajera en su lugar un buen becerro, como, en efecto, lo ejecutó en seguida. Aunque ignoraba que el becerro que me presentó fuese mi hijo, sentí al verlo que mi corazón palpitaba con violencia. El animalito rompió la cuerda para acercarse a mí, se echó a mis pies, me acarició las manos y me miró de tal modo que me sentí muy conmovido; así, pues, en vez de sacrificarlo, ordené que se lo llevasen al establo. Mi mujer se enfureció, pues quería a todo trance que lo inmolase como a la vaca; pero pudo en mí más la compasión que sus súplicas y su enojo, y no me di por vencido, aunque, para apaciguarla, le ofrecí que sacrificaría el becerro al año siguiente.

A la otra mañana fué a verme el labrador, y me dijo reservadamente:

—Vengo a daros una noticia muy interesante. Tengo una hija que posee el arte de la magia, y ella me ha revelado que el becerro es vuestro hijo y la vaca era la esclava, su desgraciada madre, muerta ayer a mis manos. Estas dos metamorfosis han sido hechas por encantamiento de vuestra esposa, que aborrecía a la esclava y al pobre niño.


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