Las mil y una noches
Las mil y una noches Juzgad, ¡oh Genio!, cuál serÃa mi dolor y mi sorpresa al oÃr estas palabras. Fuà corriendo al establo donde se hallaba mi hijo, y aunque no pudo corresponder a mis caricias las recibió de modo que me persuadà hasta la evidencia de su identidad. Entonces llegó la hija del labrador, y le pregunté con el mayor anhelo si podÃa restituir a mi hijo su primitiva forma.
—SÃ, puedo hacerlo —me respondió.
—Si lo consigues, serás dueña de toda mi fortuna.
—¡Oh! —replicó—; no puedo pedir tanto, pero sà exijo dos condiciones: la primera, que me deis a vuestro hijo por esposo, y la segunda, que me permitáis castigar a la persona que lo ha transformado en becerro.
—Acepto con gusto la primera —le dije—, y también accedo a la segunda con tal de que no quitéis la vida a mi mujer.
La joven tomó un vaso lleno de agua, pronunció algunas palabras cabalÃsticas, y luego, dirigiéndose al becerro, exclamó:
—Si tú has sido creado en la forma que hoy tienes por el Todopoderoso, permanece en este estado; pero si eres hombre y te encuentras asà por arte de hechicerÃa, recobra tu primitivo ser por la voluntad del Creador divino.