Las mil y una noches

Las mil y una noches

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El tercer día tuvo más motivo de satisfacción que los otros dos; la molinera le dió casualmente una mirada, y lo sobrecogió con los ojos clavados en ella, con lo cual conoció lo que estaba pasando en su interior.

Comendador de los creyentes —dijo, hablando siempre al califa Mostanser Billa—, habéis de saber que apenas la molinera se enteró del cariño de mi hermano, cuando, en vez de enfadarse, determinó divertirse a costa suya. Miróle con semblante risueño; mi hermano la miró también, pero de un modo tan chistoso, que la molinera cerró al punto la ventana, por no soltar una carcajada que diera a conocer a mi hermano cuán ridículo le parecía. El inocente Bacbuc interpretó esta acción a su favor y no dejó de lisonjearse de que le habían mirado con buenos ojos. La molinera determinó, pues, divertirse más y más a costa de mi hermano.

Tenía una pieza de hermosa tela con que trataba de hacerse un vestido; envolvióla en un pañuelo bordado de seda, y se la envió por una muchacha esclava que tenía. Ésta, bien impuesta, fué a la tienda del sastre y le dijo:

—Mi ama os saluda, y ruega que le hagáis un vestido con esta pieza de tela, según el corte de este otro que os envía. Muda de vestido con mucha frecuencia, y será una parroquiana que os tendrá cuenta.


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