Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Después de este cumplimiento por parte de la molinera, se lisonjeó de que no suspiraría mucho tiempo en balde tras sus finezas. Aun no hacía un cuarto de hora que la esclava había dejado a mi hermano, cuando la vió volver con una pieza de raso.

—Mi ama —le dijo— está muy satisfecha de su vestido, pues le sienta a las mil maravillas; pero como quiere llevarlo con calzones nuevos, os ruega que le hagáis pronto unos con esta pieza de raso.

—Muy bien —respondió Bacbuc—: estarán prontos hoy mismo, antes que salga de la tienda; venidlos a buscar antes del anochecer.

La molinera se asomó muchas veces a la ventana, mostrándose a mi hermano para estimularle en su tarea. Éste trabajaba con afán, y los calzones quedaron pronto acabados. La esclava vino por ellos, pero no le trajo al sastre el dinero que había desembolsado para los forros del vestido y calzones, ni con qué pagar la hechura de uno y otro. Entretanto aquel malhadado amante, a cuya costa se estaban divirtiendo sin que él lo advirtiera, no había comido nada en todo aquel día, y tuvo que pedir prestadas algunas monedas de cobre para comprar algo que cenar. Al día siguiente, luego que abrió la tienda, entró la esclava y le dijo que el molinero deseaba hablarle.


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