Las mil y una noches
Las mil y una noches —Hacedle lo que sabéis, y cuando hayáis acabado, volvedle aquÃ.
Bakbarah, que oyó esta orden, se levantó prontamente, y acercándose a la anciana, que también se habÃa levantado para, acompañarle, le rogó que le dijera lo que le querÃan hacer.
—Nuestra ama está ansiosa —le respondió al oÃdo la vieja— de ver qué facha harÃais disfrazado de mujer, y esta esclava tiene encargo de llevaros consigo, pintaros las cejas, afeitaros el bigote y vestiros de mujer.
—Pueden pintarme las cejas, si quieren —replicó mi hermano—, porque podré lavarme; pero en cuanto a dejarme afeitar, ya veis que no debo consentirlo, ¿pues cómo me atreverÃa a presentarme sin bigotes?
—No os opongáis a lo que se os pide, pues lo echarÃais a perder todo. Os aman, quieren haceros feliz. ¿EstarÃa bien que malograseis, por unos feos bigotes, las finezas más peregrinas que un hombre puede alcanzar?
Rindióse Bakbarah a las razones de la vieja, y sin decir palabra se dejó llevar por la esclava a un aposento en donde le pintaron las cejas de encarnado, le afeitaron los bigotes y quisieron cortarle también la barba; pero la docilidad de mi hermano no pudo llegar a tanto.