Las mil y una noches
Las mil y una noches —Bien me lo habÃais dicho que hallarÃa una dama buena, amable y encantadora. ¡Cuánto os debo!
—Aun eso no es nada —le respondÃa la vieja—, más veréis dentro de poco.
La joven tomó entonces la palabra, y dijo a mi hermano:
—Sois un hombre honrado y me alegro de hallaros tanta apacibilidad y condescendencia con mis caprichillos, y un genio tan conforme con el mÃo.
—Señora —repuso Bakbarah, prendado de aquel agasajo—, yo no soy dueño de mÃ; soy todo vuestro y podéis disponer de mi albedrÃo.
—¡Qué complacencia me causáis con esa sumisión! —replicó la dama—, y para manifestároslo, quiero que también la tengáis. Traed —añadió—: el perfume y el agua de rosas.
A estas palabras salieron dos esclavas y volvieron al punto, una con un braserillo de plata en el que habÃa madera de áloe de la más exquisita, con la que le perfumó, y la otra con agua de rosas, con la que le roció rostro y manos. Mi hermano estaba fuera de sÃ, tal era su alborozo al verse tratar tan honorÃficamente.
Tras esta ceremonia, la joven mandó a las esclavas que habÃan tocado y cantado antes, que volvieran a proseguir sus conciertos. Obedecieron, y, entretanto, la dama llamó a otra esclava y le dió orden de que se llevara a mi hermano, diciéndole: