Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Mi hermano tomó el vaso de mano de la señorita, besándosela, y bebió en pie, reconocido a la distinción que recibía; luego la joven lo hizo sentar a su lado, le estuvo halagando y le pasó la mano por la espalda, dándole palmaditas de tanto en tanto. Embriagado con estas finezas, se juzgaba el más venturoso de todos los hombres y se sentía dispuesto a retozar con aquella hermosa joven; pero no se atrevía a tomarse esta libertad delante de tantas esclavas que tenían los ojos clavados en él, riéndose continuamente con su diversión. La dama siguió dándole palmaditas, y al fin le descargó tal bofetón que le dejó parado. Sonrojóse, y se levantó para alejarse de ellas; entonces, la anciana que le había traído, le miró de modo que le dió a entender que tenía él la culpa, y que no se acordaba del consejo que le había dado para que fuera condescendiente. Reconoció su yerro, y, para enmendarlo, se acercó a la joven, aparentando no haberse desviado de ella por enfado. Ella le tiró del brazo, le hizo sentar otra vez a su lado y continuó haciéndole mil caricias maliciosas. Sus esclavas, que sólo trataban de recrearla, tomaron parte en la diversión: una le daba al pobre Bakbarah fuertes papirotazos en la nariz, otra le tiraba de las orejas como si quisiera arrancárselas, y algunas le daban bofetones que pasaban de chanza. Mi hermano lo aguantaba todo con asombroso sufrimiento, y aun aparentaba un semblante placentero; y mirando a la anciana con sonrisa forzada, le decía:


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