Las mil y una noches
Las mil y una noches Al punto mandó que sirvieran la colación, y cubrieron una mesa con varios canastillos de frutas y dulces. Sentóse con las esclavas y con mi hermano, y como éste se hallaba enfrente de ella, cuando abría la boca para comer, la dama advertía que era desdentado, y se lo hacía reparar a las esclavas, que se echaban a reír con ella. Bakbarah, que de cuando en cuando, alzaba la cabeza para mirarla y la veía reír, se imaginó que era del alegrón de su venida, y que pronto despediría a sus esclavas para quedarse a solas con él. La joven juzgó cuáles eran sus pensamientos, y complaciéndose de mantenerle en equivocación tan halagüeña, le dijo mil lindezas y le fué presentando con suma fineza lo más exquisito.
Terminada la colación, se levantaron de la mesa; diez esclavas tomaron instrumentos y se pusieron a tocar y cantar, mientras que otras empezaron a bailar. Mi hermano bailó también para terciar expresivamente en el regocijo, y la señorita lo hizo igualmente. Después de haber bailado algún tiempo, se sentaron para cobrar aliento; la señora mandó que le dieran un vaso de vino y miró a mi hermano con ojos risueños, para denotarle que iba a beber a su salud. Él se levantó y permaneció en pie mientras bebía. Cuando ella hubo acabado, en vez de volver el vaso, lo mandó llenar y lo presentó a mi hermano para que brindara.